Hay cosas que ameritan chape porque así lo dictaminaría la industria del cine. Correr bajo la lluvia, por ejemplo, oooo…cuando el chico que recién conocés te dice que le gusta la pizza de ananá, que es la pizza que no le gusta a nadie, por la que te hacen bullying desde chica, es esa media pizza que tenés que suplicar para que la pidan y jurás que no va a sobrar porque te vas a comer las 4 porciones, además de insistirle a todos a que la prueben porque estás convencida de que les va a gustar. Siempre me dicen que es por mi afinidad con el país vecino de carnavales, queijo na brasa y el acento más encantador de todos. Pero no, simplemente me gusta la comida agridulce.
Me lo dijo y me quedé recalculando. Creo que de haber tenido apenas más confianza lo abrazaba y apretujaba como suelo hacer cuando me emociono con algo. Pero no, verbalicé mi sorpresa y seguramente agregué mil ademanes y gestualicé por demás. Estaba encantada con la coincidencia. Llegué a pensar si no era una clara señal de que lo nuestro tenía que funcionar.
Cuando llegó, al bajar a abrirle me puse el barbijo para respetar su prolijidad al cumplir la ley e incongruentemente lo saludé como cualquier hijo de vecino. Cuando me saqué el barbijo me sentí en una escena de sexo explícito, estaba dejando descubierto mi rostro, el mismo que no dejo ver a nadie en la vía pública. Qué loco ¿no? Creo que tiré sonrisita provocadora para acompañar el desviste, pero ni se inmutó el pibe. Tendré que practicar más para la próxima.
Cuando lo vi por primera vez pensé que era petiso y reforcé la idea de que con un alto no me había ido bien, casi como para generalizar que los petisos tienen que ser buenas personas.
¡Lo que charlamos! El muchacho de la pizza de ananá es un chico que tiene la cualidad de hacerte sentir cómoda, aún cuando somos dos extraños, y el extraño esté dentro de mi casa. Pero había algo en su trato que me dio buena espina. Abogado y tandilense. Vieeeeeron que salgo con gente del interior ¿no? No sé si a esta altura soy más federal que el mismísimo Urquiza, debería repasar un par de historias jajaja
Mi amigo ‘Más Viejo’ una mañana me había mandado un mensaje diciendo ‘Hola Cienci, hoy me desperté con la revelación del hombre para presentarte (…) hay uno que es EL candidato para vos. Te puedo pasar el IG para que los stalkees’, a lo que respondí que confiaba en su criterio y que prefería que le pasara mi teléfono para hablar (old fashion). Mi amigo ‘Más Viejo’ eligió anticiparle al muchacho de la pizza de ananá que yo tenia un proyecto y en lo que consistía, y a diferencia de lo que yo pensé que podía pensar, al de la pizza de ananá le pareció divertido.
Me contactó por whatsapp un domingo y no paramos de hablar. Durante días no tocamos el tema del @ciencitas. Yo había pensado que el título sería ‘Del que no sabía que yo sabía que él sabía’ jaaa
Pero un día me lo blanqueó, me dijo que sabía del proyecto pero que por respeto había leído una sola historia (aún no me decido si creerle o no). Me invitó a correr, y aunque la idea me pareció mala, por otra parte, tampoco teníamos muchas opciones para elegir. La sola idea de correr con un completo extraño, en donde seguramente me faltaría el aire y el recientemente cortado flequillo se dispondría en mi cabeza como el viento y sudor dictaran, y… no, ¿no? Así que acepté, siguiendo con mis niveles de congruencia entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago.
Ese día, en lugar de ducharme a la mañana, estuve tan nerviosa que permanecí todo el día en pijama mientras trabajaba. Hasta que se hizo la hora y entré corriendo a la ducha. En simultáneo chateaba con mis amigas que me daban ánimos para que esa noche dejara atrás mis inhibiciones. Me suplicaron que me secara el pelo antes de que él llegara, porque sino era otra incongruencia más: ¿me duché 5 minutos antes de salir a correr?
No tengo secador.
¿Cómo?
No, no uso.
Pero ¿cómo?
Eso, no uso. Se me seca solo.
Meté la cabeza en el horno un rato.
Cuando el chico de la pizza de ananá llegó el pelo se había secado lo suficiente como para disimular mi pulcritud.
No fuimos a correr, así que pensé que el haberme duchado a las 6 de la tarde había sido una buena idea y ni hablar de la gileteada que me pegué (jaaaaa).
Pero la charla se desarrolló en términos distantes respecto del espacio que nos separaba. Por lo general, cuando juego de local nunca invado el espacio del invitado (tampoco es que haya venido el Regimiento Granaderos a Caballo, peeeero los que vinieron saben que jamás me voy a sentar al lado ni voy a buscar excusas para mirar el cielo estrellado desde mi terraza). Al darnos cuenta que era la 1am, y ya decidido a partir habiendo pedido un Uber, en una de esas idas y venidas a la cocina con cosas, quedé interceptada por el muchacho de la pizza de ananá. Se me acercó tanto que diría que los últimos centímetros que faltaban para concretar el beso los terminé acortando yo. Nos besamos con una intensidad incongruente también. Fue una intensidad desmedida para las sutilezas de nuestras charlas. Fue una intensidad apasionada que nada condecía con la profundidad de lo que nos habíamos confesado horas antes. Nos besamos tanto y tan fuerte que su incipiente barba raspó mis labios. Cuando nos besábamos me apretó contra él con una decisión que me tomó por sorpresa. Le pedí que bajáramos un cambio, y cuando ambos nos separamos riéndonos me volví a acercar estampándole otro de esos besos incongruentes.
Bajé a abrirle. Cuando subí a casa estaba confundida. Es macanudo, eso seguro.
¿Volverías a salir?
Sí, claro. A alguien que le gusta la pizza de ananá no hay que dejarlo ir tan fácilmente.
