Que no se corte

Me tomó de la cintura y me acercó obligadamente hacia él. Moría de vergüenza. Sólo pude decirle: no, acá no da. ¿Por? Porque es la puerta de mi edificio, pueden aparecer mis papás (a esa edad aún no les decía viejos). ‘Pero es domingo y son las 11 de la noche’, respondió él.

Sí, bueno, pero tienen horarios muy variados, impredecibles casi. Y ni hablar de los vecinos, los conozco a todos, casi que me vieron nacer.

Me tomó de la mano algo resignado y me hizo cruzar la vereda.  Me llevó a una calle transversal que se caracteriza por tener grandes liquidámbares tupidos que generan sombra aún de los focos de las calles y ni hablar de unas tremendas cagadas de paloma para quienes estacionan ahí. Después de esquivar un par de baldozones rotos, miró para los dos lados asegurándose de estar solos, me tomó del cuello con ambas manos y me estampó un beso con lengua.

Nos besamos un largo rato. Yo fui torpe. Abrí la boca seguramente menos de lo que era necesario, y la lengua la debo haber sacado más de lo esperado. Los besos de novelas y películas habían sido mi único referente en ese momento. Sólo podía pensar en que la sensación de la otra lengua me resultaba rasposa. Y mientras chapaba pronuncié para mí misma ‘¿tanto lío por esto? Podría vivir una vida sin besos con lengua jaaaaa ¡Pobre de mí!’

Creo que disfruté más el franeleo, el ladear la cabeza dejándole lugar a la nariz del otro, en mover las manos acariciando hombros y brazos, y tal vez de vez en cuando tomarlo de la camisa y darle un tironcito para que ese beso no se termine. Durante todo el beso nos acompañó una bolsa de consorcio llena, paradita al lado nuestro, esperando a ser recolectada.

Nos despedimos en la puerta de mi casa.

En esa época no existía whatsapp, así que tomé el teléfono y llamé una a una a todas mis amigas. Soy de la generación que se sabía de memoria los números de los teléfonos fijos de sus amigos.

‘No te lo puedo creeeeeeeeeeer’, gritó La Srta. ‘Azul Grana’. ‘Cienci, vos no me ves, pero yo estoy saltando arriba de mi cama. Por favor contame todo, ¿cómo fue?’.

Y así le conté a todas mis amigas esa misma noche que me habían dado mi primer beso con olor a basura y a mis 19 años.

¡¿19 años?! Yeap. 19 fucking años. Edad gloriosa. ¿Qué había hecho hasta ese entonces? Me juntaba mucho a jugar al metegol con amigos, alquilábamos películas en Blockbuster, nos filmábamos haciendo payasadas cuando el Tik Tok era impensado y comíamos pizza los viernes a la noche. Hasta que me di mi primer beso y se fue todo el carajo.

4 meses antes.

Nono, la estaca va ahí.

¿Ese es tu aislante?

Yo leí que había que cavar un surco alrededor de la carpa por si llegara a llover.

Así estábamos las 4 porteñas armando una carpa en nuestro primer destino: Tafí del Valle, Tucumán.

En el verano habíamos decidido irnos de mochileras con tres amigas más. Iba a ser nuestra primera experiencia acampando por 3 semanas en el norte argentino.

No teníamos nada planeado, pero sí muchas horas de lectura de blogs y papeles impresos (REAL, viejas épocas) de opiniones sobre qué hacer en cada lugar.

La Srta. ‘Garrahan’ arrancó el viaje con una mochila de 80 litros en donde se encargó de no dejar absolutamente ningún recoveco sin ocupar. Varios pares de calzados, ropa para distintas ocasiones (vaya uno a saber los campings norteños qué ocasiones nos podían brindar) y hasta secador de pelo. Todas las caminatas las hizo doblada en ángulo recto. La Srta. ‘La Raaabia’ estaba equipada para que nos agarrara un alud en plena montaña y poder sobrevivir. La Srta. ‘Masa Madre’ añoraba un colchón al primer día de camping, y yo a diferencia del resto, quise cargar tan poco peso, que recuerdo haber dormido con toda la ropa puesta para poder enfrentar la amplitud térmica que caracteriza las noches de verano norteñas. Tiritaba e intentaba acercarme a ‘La Raaabia’’ quien dormía plácidamente dentro de su bolsa de dormir preparada para temperaturas bajo cero, mientras la mía era una bolsa que podía confundirse con un acolchadito de hotel 2 estrellas.

Nos hicimos fans de las empanadas con limón, de los paisajes delineados de colores, de la gente, de los campings mugrosos, del olor a carpa, de mascar coca y de bañarnos cada tanto.

La Srta. ‘La Raaabia’ regresaba de haberse duchado, indignada porque había un preservativo dentro del cuadro de ducha, y al regresar a la carpa se indignó aún más al encontrar una bombacha tirada en el suelo totalmente embarrada. Mientras la señalaba con total estupor, la miró mejor, se acercó, se agachó y la reconoció. Era suya. Se le había caído yendo al baño a ducharse alguna noche anterior jaaaaja

Nos avisábamos cuando una lograba hacer el #2, ya que fue un gran tema durante el viaje. Y claro está que las ganas llamaban a la puerta en las situaciones menos ideales. Trepábamos una roca y las ganas llamaban, nos encontrábamos a más de 10km de nuestro camping y las ganas llamaban, estábamos en la terminal de ómnibus de La Quiaca, sumergidas en medio de aromas de lo más desconcertantes… y adivinen: las ganas llamaban.

Habíamos llegado a Amaicha, un pueblo en Tucumán que se caracteriza por tener un promedio de 5 días de lluvia al año. El calor era abrasivo. Era un pueblo en el que las fosas nasales, los lagrimales, la boca y hasta las orejas juntaban tierra. En un lugar así, estornudar podía generar una tormenta de polvo.

Encontramos el camping que tenía una disposición aterrazada. Empezamos a deplegar nuestras carpas para armarlas cuando apareció un ADONIS hermosamente hippie que salía de una carpa que se encontraba una terraza más arriba de la nuestra. Reclinó la cabeza en forma de saludo y permaneció sentado mientras escribía en su bitácora, hasta que nos ofreció ayuda. Sí, claro.

No llegamos a terminar de decir ‘no, dejá… no hace falta’ que el Adonis se acercó, tomó un par de estacas y se llevó un injusto mérito por habernos armado una carpa. Pero no voy a mentir, las 4 permanecimos observando esos brazos y antebrazos tonificados mientras clavaba estacas en un terreno de arena. Cuando terminó el show, las 4 porteñas nos chocamos entre sí como quien se acuerda de los pendientes que tenía. El Adonis se presentó, y como TODA charla de viajeros las preguntas incluyen los siguientes interrogantes: ¿de dónde sos? ¿Hace cuánto estás viajando? ¿Hasta cuándo? ¿Por dónde estuviste? Esas preguntas no pueden faltar, es como el hielo en una fiesta, es como el queso para el dulce de batata y como el aceto en la alacena de mi casa. Diría que es imposible conocer gente en un viaje y no hacerle esas preguntas. El Adonis resultó ser porteño, había arrancado el viaje 3 semanas antes que nosotras, y su recorrido era exactamente el contrario al que nosotras estábamos empezando.

Esa noche cenamos juntos, recorrimos el pueblo con linternas y volvimos al camping donde dentro de una de nuestras carpas charlamos de la vida. El Adonis era melómano, término que aprendí luego conocerlo a él. Nos contó que era fanático de la música clásica, que participaba en un coro y que estaba estudiando chino mandarín. Wow ¿no? Ecléctico el pibe.

Al día siguiente nos despertamos y mientras desayunábamos mate y alguna galletita, el Adonis desarmaba su carpa. Nos saludamos con una timidez como quien recuerda con vergüenza la noche anterior. Luego de desarmar nuestras carpas, al salir del camping nos encontramos los 5 cargando nuestras mochilas, esperando por el bondi que nos llevaría al próximo destino. Él ya concluyendo su viaje y nosotras recién empezándolo.

Al llegar nuestro bondi, nos despedimos del Adonis augurándole un buen regreso a su casa.

Subimos al destartalado micro que pronto entenderíamos no estaba preparado para la ruta que debíamos atravesar. Debido al camino de ripio, el zarandeo generaba tanto ruido que casi no podíamos hablar entre nosotras, mientras reíamos de lo poco confortable que estaba resultando el trayecto. Cuando el motor estaba echando humo en medio de una subida, y las cuatro ya estábamos listas para bajar y empujar, sólo atiné a decir en voz alta: ‘me encantó’. ¿Quién?, me preguntó la Srta. ‘La Raaabia’. El Chino, respondí.

‘Masa Madre’: ¿es real? ¿cómo no nos dijiste antes? No nos quedó absolutamente ningún contacto (entiendan que en esa época no existía ni Facebook), dijo entre enojo y resignación.

Obvio que cuando lo despedí sabía que no lo vería nunca más, pero tampoco tengo una personalidad que haría algo diferente en casos así. Así que lo despedí actuando con naturalidad. Al subir al bondi destartalado me quedé pegada al vidrio, con mis palmas de las manos abiertas, mientras tarareaba música de drama en mi cabeza.

Nuestro bondi levantó tal polvareda que no pude verlo por última vez antes de agarrar la primera curva y que el camping se perdiera de nuestra vista.

4 meses después

Revisé mi casilla de mail, luego de haberme sentado en la única computadora que había en lo de mis viejos. Me había llegado un mail de la Srta. Masa Madre. Me escribía con mayúsculas en todos sus caracteres.

¿ENTENDES QUE MANDÓ UN MAIL DONDE ESTOY TRABAJANDOOOOOO?

EL CHINO MANDÓ SU CV A DONDE ESTOY TRABAJANDO, Y LO ABRI Y ERA ELLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLL

TOMÁ, TE PASO EL MAIL PARA QUE LO BUSQUES EN MESSENGER, AH Y TAMBIÉN TE PASO EL TELÉFONO POR SI LO QUERÉS LLAMAR DE UNA.

¿QUEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE?

Este ‘¿QUEEE?’ ya es mío, no estaba en el cuerpo del mail. ¿Esto es REAAAAAAAAAAAAAAL? Me levanté de la silla y me tomé de la cabeza al mismo tiempo que negaba con la cabeza, y luego asentía para volver a negar.

Caminé de un lado para el otro dentro del pequeño living de mi casa, mientras me rascaba la cabeza pensando cómo haría para encarar esta situación.

Me volví a sentar frente a la computadora, y redacté el siguiente mail:

Hola ‘Adonis’, soy Ciencitas. Soy una de las 4 porteñas que conociste en Amaicha. No vas a creer la coincidencia, pero mandaste tu CV al lugar donde trabaja Masa Madre, otra de las chicas. ¿Todo bien? ¿Cómo anda todo?

Me respondió al día siguiente, porque en esas épocas la ansiedad en conseguir una respuesta podía esperar días.

A partir de ese mail empezamos a salir juntos. Íbamos a ver obras de teatro, me llevaba a ver óperas en las que me explicaba todo, hablábamos de filosofía e íbamos a exposiciones de arte.

Fanático del Che Guevara, militaba en una organización afín. Me daba tanta vergüenza confesarle que no sabía absolutamente NADA de la vida del Che, que resolví comprarme un libro que hablara de él. Me ofrecieron dos: un libraco de 700 páginas, casi enciclopédico, oooo…. ‘El Che Guevara para principiantes’, un librito ilustrado en formato de historieta que resumía los eventos más importantes.

Me llevo el Che Guevara para principiantes, le señalé al librero.

Al mismo tiempo que incursionaba en las profundidades del comunismo guevarista, lo hacía en los besos con lengua. Sólo que para esto segundo no conseguí libro y tuve que ingeniármelas de manera diferente. Tal vez este proyecto termine siendo algo bastante similar a la enciclopedia que me faltó leer al respecto.

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